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ENSAYOS
FERNANDO PAES – Archipelagus – Joel Weinstein
ROTUND WORLD INTERNET MAGAZINE
October, 2007.Take Fernando Paes at Galería 356 and his exhibition of semi-abstract, antique-looking paintfests, Archipelagus. Paes certainly knows how to push pigment around a canvas and he’s a very good draughtsman as well, so that he is able give us abstract paintings that are not only suggestive of actual places—or at least the passageways, trapdoors, mineshafts, and mirror images which might lead to or reflect those places—but intriguing, often quite beautiful objects.
The places we’re speaking of may be physical places but they could just as well be psychological or emotional ones. The places of memory, dreams, and states of mind. The scabbed- and scaly-looking surfaces of these paintings are intercut with drawing of great finesse—sections of girders, floating drapery, light-studded archways—yet the incompleteness or gauzy transparency of such passages only adds to the works’ slipperiness, a sense that the moments they portray are fleeting, barely glimpsed or only imagined. Agora, above, has its smears of mossy rusts and greens and ochers, but dead center a kind of gridwork seems to emerge from a great distance and disappear before our eyes. To one side a distinctly outlined yet insubstantial material hangs as if nailed in the void. The painting performs the magic of seeming both a solid thing, such as a concrete wall grown mossy over eons, and the vast, charged atmosphere of a dream of flying.
The all-over chaos of Omphalos likewise opens onto a seeming highway or kind of endless pipeline from a dystopian future, perhaps carrying the essential fluids or the wastes that bespeak the moment’s doom. The work does not really feel heavy in that way; on the contrary, its light is bright and hints of a cloudless sky peek through the nebulous surroundings. Yet that is an essential part of the painting’s subtlety: suggestions by way of flying fragments and ragged crevices of the wasting away of a former grandeur.
These narrative possibilities owe a lot Paes’s canny drawing, but the true marvels of the paintings are their seemingly textured surfaces which are, in fact, amazingly flat.
One of our favorite paintings in the show, however, is the unassuming Astrolabium, a work so explicitly graphic that it resembles nothing so much as a logo or the tag of a particularly tidy and laconic graffiti artist. It is spectacularly unbusy and direct in the context of so much atmospheric razzmatazz—not that we mind that at all—and seems to represent a moment of unexpected, inspired concision in the midst of the artist’s far reaching.
Archipelagus is one of the better shows we’ve seen lately, proving once again that Michele Fiedler is directing what is presently the most promising gallery program in San Juan, at Galería 356. It is likely that this exhibition has come down, but you never know. Visit the gallery’s website here, phone 787-282-7820, or drop by the place itself at Calle César González 356 if you’re in the nabe any time Tuesday to Saturday, 11 in the morning until 5 in the afternoon. Tell Michele the shady dealers at Rotund World sent you.
The above works appear here pretty much as we saw them in the gallery, out-of-squareness aside. The sunshine on Astrolabium adds another layer of momentariness to the work in our opinion, and we hope the artist and gallery don’t mind. All works are mixed media on canvas, and all are from 2007. Omphalus measures 37" x 52", and Astrolabium is 42" x 42". We don’t have dimensions for Agora.
While you’re motoring around, disgracefully wasting precious fossil fuel, why not just keep it up and head on down to el Museo de Arte de Caguas where you still—and for some time, until the 19th of January—have the opportunity to peruse a very good, if highly conservative, selection of paintings and prints from the Colección Cortés. That’s right, the chocolate people. Perhaps the selection itself is not highly conservative. Maybe it’s highly representative of a very conservative collection. Whatever, or whichever, you’ll see a lot of mostly figurative works by Latin American and Caribbean artists of pedigree. Fernando Paes has a good painting from an earlier time, 1998. The Cortés family apparently likes José Morales a great deal; he is well represented in this show, which is no crime since we like Morales too. There are a couple of recent-vintage, very nice works by Miamian José Bedia, one of the leading lights of the revolution-minded 80s-generation Cubans, and a painting by his cohort, Luis Cruz Azaceta. Take a gander at Bedia’s Playón Chico, Islas del deseo above. It’s an oil-on-canvas painting, 34" x 103", from 2004.
FERNANDO PAES
En la Sala Oeste del Arsenal de la Puntilla acaba de abril al público “Navigare Necesse”. Exposición de veinte lienzos del pintor brasileño Fernando Paes
Por Enrique García Gutiérrez
Quizás sería conveniente comenzar esta reseña como en las películas de horas tardías que precisan una advertencia: el material que sigue contiene referencias al antropofagismo y otras costumbres, como la apropiación (robo reconocido), la metáfora cínica e irreverente, y otros elementos que podrían ser ofensivos a algunas personas. Para los que hayan visitado la muestra del joven pintor Fernando Paes, oriundo de Brasil (específicamente de Brasília, donde nació hace unas tres décadas), “Navegare Necesse”, de una veintena de lienzos, la advertencia parecería innecesaria. Si algo impresiona a primera vista al recorrer las salas del Arsenal de la Puntilla en las que cuelgan sus cuadros, es un elemento intelectual, casi de documentación de una hazaña de aparente historicidad, donde tan sólo aparece la antropofagia (canibalismo) en unos grabados que reproducen imágenes de los indios practicando esta delectación. Y como se trata de bárbaros, podríamos pensar: este ritual no nos ofende, a nosotros eso no se nos ocurriría. No, no es cierto.
La base del cristianismo, sobre todo en el mundo católico-romano, que considera la transubstanciación del pan e del vino en el verdadero cuerpo y sangre de Cristo (no la metáfora de las apariencias de otras sectas cristianas), hace de quienes participan en la comunión, no sólo antropófagos, sino geófagos. Y antes de que se me quiera quemar en una piar por los que crean que blasfemo, mi intención es hacer claro que lo que los indígenas brasileños hacían, analógicamente, estaba muy cerca de lo que los cristianos todavía hacen. “Lejos de ser un acto alimenticio, o de profana lujuria carnal, o guía diabólica, como imaginaban los europeos, tenía un sentido simbólico y religioso. La antropofagia es lo que mejor caracteriza a la cultura brasileña”, comenta Fernando Paes. Los conocedores de la historia cultural de ese gigante de América Latina sabrán de antemano que hablamos también del movimiento filosófico literario que creó Oswald de Andrade en los años 20: quien impresionado por la pintura de la extraordinaria artista, Tarsila do Amaral (1890-1970) en específico, Abapuru (el hombre que come), 1928, escribió el Manifiesto Antropófago. Del mismo año, en el que se quería “crear una nueva moral, no cristiana, no occidental, basada en el pensamiento salvaje”.
¿Y qué tiene que ver todo esto con una muestra que lleva un título (“navegar é preciso, viver não é preciso”, navegar es necesario, vivir no lo es”) tomado de la Envida de Virgilio y que aparece subscrito, en grandes letras rojas sobre fondo negro, en la pintura monumental, homónima, de un gran galeón de época de la conquista, que figura como pieza clave de la exposición? Pues todo: antropofagia y apropiación son los parámetros regidores del arte de este talentoso, inteligente y altamente educado joven artista, que también funge como profesor de arte en la Escuela de Artes Plásticas de San Juan y otros centros docentes del área metropolitana. Parafraseando libremente una parte de su excelente tesis de maestría (‘Reinterpretación del movimiento antropofágico brasileño de los años 20 en un proyecto personal de pintura”. Universidad Autónoma de México, E.N.A.P., 1995), Paes se apropia de aquello del movimiento de principios de siglo que le permita una, “nueva lectura, (donde) aparece la crítica, la duda, las necesidades de la época en que vivimos y la urgencia de aplicar los conceptos, aunque reciclados, de la antropofagia”. Es, ni más, ni menos, la búsqueda de la identidad, algo que frecuentemente creemos los puertorriqueños que es asunto privativo nuestro. Escribe Paes: “Mi acercamiento al pasado brasileño es de recuperación, de reconstrucción de la identidad, de la búsqueda de la memoria, de reinterpretación y nunca negación o de superación”.
¿Y cómo hace todo esto? Por necesidad, su enfoque temático es historicista y perteneciendo al momento posmoderno, toda apropiación es permisible: de textos (poesías, o canciones populares de la bossa nova); fotografías de principio de siglo; pinturas; grabados de imágenes europeas o hechas en Brasil durante los siglos de la colonización portuguesa, etc. En su intención de crear un escenario híbrido, crítico, mestizo y antropofágico”, no se respetan ni los orígenes cronológicos, ni su afiliación estilística. Así pues, la carabela, símbolo de la conquista (repetido incontables veces, pequenã o de tamaño monumental) es uno de los signos principales; como también lo son ángeles de origen renacentista o tallas barrocas indígenas que los imitan, la imagen icónica de una negra santera rodeada de caracoles, grupos de monjes franciscanos arrodillados en torno de una cruz (de un mural), y tantos más que aspiran en conjunto a un sincretismo cultural y religioso representativo de lo contemporáneo. Como él mismo reconoce: “los artistas antropófagos de los 20 dirían que mi trabajo resulta extremadamente conservador y costumbrista, mientras Tarsila do Amaral sería caracterizada como vanguardista y original”.
Cada obra va acompañada de un comentario de técnicas y procedimientos que es correspondiente, inseparables de la imagen. El uso de pigmentos que Fernando extrae de la tierra, en México, en Puerto Rico - o donde se encuentre - y que mezcla con un aglutinante (una forma de acrílico), además del óleo, la xilografía y serigrafía fotográfica (usada para ampliar pequeñísimas ilustraciones, i.e. un grabado de diez centímetros a una proyección de dos metros), todos dan fe de un procedimiento artístico ávido de experimentación, mezcla de estudio cuidados y accidente logrado. Aunque de primera impresión su paleta da un aspecto de estudios monocromáticos generalizados, o reducción de colores, al uno detenerse ante cada lienzo se revela una variada gama que responde a unos rojos y amarillos de tierra, óxidos de intensidad, y azul cobalto (son todos de una opacidad intencional). Como resultado de esta selección, una metáfora de tiempo, de envejecimiento, de huella histórica está presente en mucho de la obra – como fotografías en serpia que nos remotaza un mundo que nos pertenece por herencia comunal y que despierta, a priori, sentimientos afectivos al apreciar la obra. No quieres decir que ésta sea la reacción al reconocer los temas individuales, que oscilaría desde la admiración a la duda, e incertidumbre de intención.
Anjos (Angeles), en la que se yuxtaponen las figuras de un San Gabriel de estirpe renacentista y dos imágenes (la misma invertida), una negra y otra roja, de un ángelputto de factura indígena (éstos sobre un texto poético satírico de un reconocido poeta), seduce primero, para luego revelar su satírico mensaje de dominación y muerte. No asó los lienzos que presentan escenas de antropofagia, o del castigo de mutilación y muerte, corte de manos y obnubilación violenta de esclavos, a manos de sus conquistadores, porque aquéllos se negaban a trabajar. El comentario de civilización y barbarie es obvio; el propósito del comentario no es el horrorizarnos ante la masacre, como sucedería ante un cuadro de martirio de Rubens, sino que invertir el propósito de la historia como originalmente se presentaba. La negra, figura icónica, Portu frontabilidad y aspecto monumental, suspendida sobre una mar de caracoles, presagios y profecías, de marcado sincretismo religioso afroantillano, comparte con el galeón de Navegar, un rol protagónico como imagen transportada a símbolo de triunfo cultural e histórico.
La obra de Fernando Paes evidencia un meticuloso, informado y comprometido punto de vista con el recate y restauración de una identidad nacional, personal y colectiva, que él advierte como en peligro de extinción. Su alianza con la antropofagia artístico-literaria de principios del siglo, metamorfoseada por las libertades (¿o son ataduras?) del llamado posmodernismo (a su vez, defraudado con las visiones utópicas y antihistóricas del modernismo), es alianza que reclama lo nacional y ético como central al quehacer artístico. Peligrosa propuesta, no importa cuán diversificada y diseminada esté en la América Latina y el Caribe (sin excluir el arte de las minorías latinas en Estados Unidos), por lo que podría caer en panfletismo ilustrado o franca imagen mediocre y viciada de contestataria limitación.
Que definitivamente no es éste el caso se debe a dos poderosas presencias Ens. Obra: su conceptualización es universal y erudita, utilizando una profusión de signos disímiles logra crear una impresionante imaginería. Estos pueden originarse tanto en manuscritos de Leonardo Da Vinci, como en la obra del mulato Aleijadinho, genio brasileño, pintor, arquitecto y escultor de fines del siglo XVIII. Y en segundo lugar, la factura híbrida, referencial a pintura, artes gráficas, fotografía, etc, de ricas texturas y calibrados esquemas de depurados pigmentos, ofrecen un atractivo repertorio pictográfico de originalidad y excelente competencia profesional. Paes ha navegado mucho, a través de la historia, de la literatura y, sin lugar a dudas, en las profundas aguas del arte (tiene una envidiable preparación en historia, que espero le pase en lo posible a sus estudiantes), pero con el perdón del gran Virgilio, a quien leí en latín a la temprana edad de quince años, la vida también es necesaria. Consejo de amigo: deja en el próximo puerto a Derrida, Baudrilard, Foucault y otros; bájalos de tu barco y déjanos saber más de ti, de tu vida a lo largo de la travesía. ¡Buen viaje!
EL NUEVO DIA, Revista Domingo, 13 de abril de 1997.
Navigare Necesse, Vivere Non Necesse. Virgílio, 19 a.C.WAMBERTO HUDSON FERREIRA, ENERO 1997
1. “Carioca” nacido en Brasilia (en verdad, “carioca” es aquel que nace en Río de Janeiro; en Brasilia nacen los “candangos”) Fernando Paes absorbió de la miel griega, romana, ibérica, no se impone límites, su obra navega horizontal y verticalmente por la geografía y por la historia. La mar de Fernando Paes es la mar de las caravelas, del encuentro de dos o más culturas, la mar de Fernando Paes es la tierra de los marginados que franciscanamente roban para dar, la mar de Fernando Paes es la tierra de los que usan u osan para crear y recrear. Su obra es ancha como un hecho histórico de 500 o 2,500 años y, la historia, sigue viva, viviendo de Troya, Ilión, pasando por España y Portugal, alvísaras, de allí trayendo rechonchudos angelitos de la cultura europea y barroca y, más que europea y barroca, lusitana y española, trayéndolos hacia América, redundantemente europeos todavía, pero renacidamente amorenados y amulatados.
La obra de Fernando tiene más que ver con la hispanidad en la medida en que siendo, no es puramente brasileña, en el momento en que siendo, no es puramente ibérica: es por lo tanto, regional y por lo tanto internacional (los que no perciben cómo es internacional lo regional, qué pena) Y Fernando es de esta época en que el momento en que no lo es, Fernando es contemporáneo, pero también es antiguo por ser atemporal, es coevo intransitivamente.
No importa si la técnica con que poemiza sus cuadros no sea aquella creada por sus antepasados de bigotitos franco-románticos, de paleta sucia en la mano, de boina oblicua en la cabeza y de bata blanca velázqueanamente manchada de pintura. No importa si la técnica con que plasma su obra no se aquella ya anticuadamente destructiva de un arte de vanguardia que, por vanguardia, aún no se ha hecho historia, aún no existe. Eso no es lo que quiere Fernando formal y esencialmente; lo que él quiere, parece obvio, es mostrar la contemporaneidad de lo que fue griego, romano, ibérico, es mostrar la atemporalidad de lo que aparenta ser puramente contemporáneo; lo que quiere, parece evidente, es enseñar que morimos ayer pero renacemos hoy paridos de aquella misma muerte.
2. Un día, Fernando se hizo embarcadizo de una caravela de tintas y telas y viajó, partiendo de las orillas del Bósforo: trazó, Odiseo/Eneas, el camino de regreso al presente, llegando a Ilión, pasando antes por las desnudas Indias Occidentales, vestidas de sí mismas, pasando antes por el estéril y siempre embarazado Noreste de Brasil, por las barrocas iglesias de Europa, Francia y Bahia, Ouro Preto y México, y ancló en Puerto Riquísimo. Descubrió las alpicadas y picantes y coloridas y ominipresentes islas universo-caribeñas, que transformó en sepia para historiarlas; descubrió el verso y compuso el reverso del tiempo de antaño y del tiempo de ahora: él es ulises, virgílio, camoes, pessoa, drummond, caetano, es cervantes y quijana, quijote y sancho, es el ladrón vespucio y el aglutinador bolívar, es el buscador de la fuente de la juventud y el constructor de la juventud de la fuente romana, es lampeão y toño bicicleta, es el marginado sin normas, sin reglas, sin límites cronológicos, revelador al mismo tiempo que destructor de parámetros, Fernando es el ayer vestido de hoy, el actual vestido con la piel de asno de la tradición. Fernando es, Fernando facit: no fue ni será, porque su obra se hace atemporal, el verbo, en él, creador, no se hace ni antes ni después, simplemente se hace.
3. Al día siguiente, Fernando pasó por un tiempo y un lugar donde no había nacido, pero donde se formará y se informará: y rescató de los residuos desechados por un pueblo que había deglutido el banquete cultural europeo y que había digerido apenas lo que alimentara su cuerpo adolescente y, por ende, fogoso. De esos residuos todavía se aprovechaba aquello con que Fernando se alimenta, aquello con que se alimenta el hombre de hoy. Ese día es que Fernando se dió cuenta, y lo transmite, de que el canibalismo es la transformación de la muerte en vida, es el ser humano instante, el morir hecho perenidad, el vivir: que se coma solamente lo que hace crecer. Al zafacón el lujo y la basura, al vertedero el zumo usado, la cáscara marchita, la carne pútrida y fétida si mantenida intacta. Fruta antigua no remadurece con el vigor del clima caliente, se marchita; es la semilla de la fruta que renace, no la fruta. Que se heche el sémen sobre la tierra en celo, ella lo acogerá y, preñada, reproducirá ibero-americana. Que no se busquen más las reglas y los compases, que se viva la desorganización del caos lusitano-hispánico y más creativo. Que se deconstruya para construir, antes que para reconstruir.
Una manifiestación cultural tropicalista es seguro que nace de esa semilla, pero en otros aires que a ella le darán nueva vida, nueva forma, nueva cáscara, nueva carne, nuevo gusto: la apropiación y la reapropiación nos alimentan y nos hacen sobrevivir con esa otra vida, con esa segunda forma, con esa verde carne, con esa renacida cáscara, con ese dulce sabor moreno y mulato e indio. Que se replante la semilla, que se rehaga la fruta, dicen los tropicalistas, redice Fernando.
4. Fernando retoma las raíces expulsadas del interior de aquella semilla, pero no se ahoga con ellas, ellas no le entran por la nariz ni se esparcen inconscientemente por su cuerpo y obra; al contrario. A ellas agárrase él, es cierto, pero no se hunde en el mar de lo repetido inocuamente, resignadamente, modernosamente. En ellas él va a descubrir que somos tan atemporales, nosotros, latinoamericanos, cuanto el propio tiempo, cuanto el propio universo y que esa historia de cordón umbilical solo sirve como nana y para estrechar la submisión cultural: tenemos voz y vez. Es necesario que se tenga conciencia de ello y para eso lo que es necesario es vivir esa atemporalidad/temporalidad y transformarla como la hace Fernando, pariendo lo que es él, lo que somos nosotros, como nuestros padres, verdad, pero y sobretodo, como nosotros mismos, con “una ausencia de distinción entre los hechos actuales y los hechos remotos en un permanente estado de vigilia como resultado de un pensamiento nublado o de una memoria fragmentaria”1.
1. Paes, Fernando. “Reinterpretación del Movimiento Antropofágico brasileño de los años 20 en un trabajo personal de pintura”. UNAM, México, 1995.
por Irma Arestizabal (10 de outubro de 1992)
No Solar Grandjean de Montigny, pensamos que é nosso dever, nesse último decênico do “Segundo Milênio”, refletir sobre a vocação e os destinos da “arte do ano 2000”. Por esta razão estamos procurando e conhecendo o trabalho de jovens e desenvolvendo um projeto de exposições, que mostre a obra de artistas emergentes. Nesse tempo de pesquisa, chegamos a conclusão que o ponto comum neste fim de século é a volta ao “metier” e a volta ao fazer - o tempo dedicado ao estudo e a criação.
É o caso da mostra de trabalhos de Luciane de Siqueira, Eliane Band e Fernando (PAES) Carvalho, formados nos Atelieres da Escola de Artes Visuais do Parque Lage. (...)
(...) Fernando trabalha o feltro, que devido a sua homogeneidade pode gerar, ilhar ou preservar o calor. Possivelmente, lembra das intenções do grupo Fluxus, ou dos “Amorfos” de Beuys; o certo é que, nessa relação diversa artista-feltro, Fernando imprime “cicatrizes” com o ferro quente, com o próprio fogo, na matéria originalmente lisa e sem marcas.
Três caminhos pela frente, caminhos nos quais se penetra por portas diversas, portas abertas com forte vontade e coragem que, sem dúvida, levarão a concretização de uma obra coerente e válida.
TE ANTROPÓFAGOHéctor I. Monclova Vázquez
Periódico Claridad en En RojoAmazonas. Es el siglo XVI y jesuitas se internan en un reino de boas. Más allá de la cruz que cargan algo se mueve en una selva en que todo se mueve. Hay una mirada que no es animal, pero es tan animal como todas en aquel contexto verde. La mirada está fijada. Se siente. Hay en el aire un adiós al mundo escueto de la península dejada, donde lo que acá es una ciudad de maderas, pájaros y serpientes es poblados de piedra y barros, catedrales y copias. Hay en el aire un adiós. Hay en el aire una certeza de la cruz como objeto de uso propio, martirologio encarnado. Hay soldados desnudos, lanza en ristre. Guerreros de hegemonía verde. Veteranos de guerras, que homenajean al enemigo vencido reconociendo su fuerza como algo a reclamarse, a asumirse en literalidad de carne.
Es posible que esos jesuitas no fueran adversarios. Quizás los indios intuían un cuadro más transcendental en el cuerpo del tiempo y veían el verdadero enemigo, no comprendido por los jesuitas que lo llevaban detrás de sí. De todas formas ellos hicieron parte de su metabolismo a los hombres de tela marrones. Los sumaron a sí mismos en la única bienvenida que podían darles, sin cinismos. Es otra Santa Cena, con el orden de los factores alterados, alternando a su vez el producto. Y ya no fueron los mismos. Algo de otro mundo muy extraño latía como parte de ellos. Estaban preñados de otro mundo por ser, donde ser ellos mismos tendría otro lenguaje.
Un siglo después, en un mundo peninsular transplantado hay un hombre negro que casi no duerme. Trabaja día y noche haciendo aparecer en lienzos, paredes y techos santos que salen de sus manos santas, manchadas de pintura, leprosas. Sus santos como la santidad de su vida son negros. Los modelos, prototipos de vírgenes y seres de milagros son esclavos, libertos, mayorías motores históricos y marginados de su producción, la piel negra que lo rodeaba en sus días. Su penitencia deforme amplificadaza lo santo de su culto de colores.
Pocos saben de Aleijandinho. Nace en un lugar del mundo y en un cuerpo en que no se puede ser Miguel Angel Buonarroti por parte de quienes bautizan a los pintores, aún con que paralelamente hay lienzos y paredes santos, llenos de santos. Para esos uno es inmortal otro es olvido. Uno se convirtió en ángel y otro en murciélago. Pero ese decreto no fue eterno.
Es el gigantesco Brasil. Siglo 20, década del 20. Está llegando una modernidad de supercapitalismo blanco como si fuera jesuita. Hay poetas lanzas en ristre que fijan las miradas en el mundo que crea el avance de las concesiones extranjeras.
Es fin de silgo. San Juan y un artista brasileño nos cuenta esa historia de estas historias, sintetizada en un relato igual, pero distinto, con nuevas palabras para una historia continuada. Fernando Paes es de la generación que estrenó a la Brasilia capital como cuna. Nacido en 1967, Paes sabe poner en términos de contenido y forma lo que le precedió y lo que viene. Como artista se hizo en Río, en la Escuela de Artes Visuales del Parque Lage, en cuya facultad se concentran artistas de una generación muy importante en las últimas décadas del arte brasileño. Ahí van casi como en peregrinación muchos artistas jóvenes. “Se parece un poco a la Escuela de Artes Plásticas de aquí, pero es cursos abiertos.”, nos dice. “Después de estudiar ahí fui a hacer una maestría en México y fue ahí que empecé a desarrollar una temática de mis trabajos. Desarrollé una serie de trabajos y realicé una exposición en la Academia de San Carlos, que se llamaba Antropofagia.”
Esta exposición, su tema y nombre resumían un trabajo estético hecho a partir de lo que ha sido un centro gravitacional de su producción artística. “Mi trabajo era un rescate del movimiento antropofágico de los años20 en Brasil de los indios de Amazonas. Los primeros jesuitas que fueron a catequizar a los indios fueron comidos por los indios. Uno de ellos logró sobrevivir y escribió un libro en 1500 sobre su cautiverio con los indígenas. Dice que los europeos no podían enfrentar esa furia de los indios, que eran guerreros y comían la carne del enemigo. Ellos lo hacían que recobraban sus fuerzas”.
Según nos relata Paes, ese movimiento antropofágico nace de una temática nacionalista. “Los intelectuales, los poetas de ese movimiento se basan en el mito del canibalismo y empiezan a devorar la cultura europea. Es un canibalismo cultural. De ahí sale un movimiento que ahora es que está empezando a ser reconocido por los occidentales. Pero durante mucho tiempo le fue negado ese reconocimiento, porque va en contra del mainstream occidental. Es un ritual que hacen, que es comer de los movimientos vanguardistas, para vomitar otra cosa, “El artista nos enmarca la existencia de este movimiento en el contexto de muchos movimientos nacionalistas que se levantaron en Latinoamérica, como por ejemplo el movimiento muralista mexicano. “Hay muchos movimientos de negación a la cultura europea”, asevera el pintor. “Yo rescato ese movimiento antropofágico, pero yo lo voy a tratar de la misma manera que ellos trataban, pero formalmente va a ser muy distinto. Porque empiezo a utilizar técnicas bastante contemporáneas”. Por ejemplo, para el componente más figurativo de su propuesta artística, Paes emplea una computadora para procesar su imagen, que después será convertida en una impresión de fotoserigrafía, sobre una tela que va a ser llenas de texturas y gestos de colores de una pintura harto matérica. “Trabajo también con la apropiación de imágenes de otros artistas. Otra cosa que hago es mezclar imágenes del siglo XVI, del descubrimiento de Brasil con imágenes contemporáneas y textos de autores brasileños, mayormente de músicos. Textos de canciones. Digamos que es un antropofagismo posmoderno”. Entre estas imágenes, en que se encuentran reproducciones de artistas del barroco brasileño encontramos las del mencionado Aleijadinho, “que fue un artista del siglo XVII, que trabajaba mucho la temática religiosa de una manera bien autóctona. Por ejemplo los santos los hacía con modelos negros. Los santos eran negros, la virgen María era negra. Sufrió una deformidad por la lepre. Pero era un artista comparado con Miguel Angel. El trabajaba día y noche y nunca estudió. Era totalmente autodidacta”.
Paes nos confiesa que en su obra hay inherente un discurso político, desde el punto de vista de una generación que considera en gran parte despolitizada. Nos dice que en su obra, tanto en términos estéticos, como puramente políticos hay algo de “siempre rescatar a los descamisados, los marginados. La imagen la utilizo de esa manera. Es el rescate de los que fueron olvidados. Por ejemplo. Los ángeles fueron hechos por artistas barrocos del Brasil. Ese rescate es un poco político en ese sentido de rescatar a los olvidados. Los olvidados por la propia cultura occidental, que no hay un solo libro para unos artistas que son de la misma jerarquía y la misma importancia de Miguel Angel, o Leonardo Da Vinci. Es una historia que debe ser contada y se no está negando ese derecho”.
Una diferencia que admite Paes es que ahora como parte del occidente del que comen y vomitan los creadores de esta parte del tercer mundo está Estados Unidos, un productor de imágenes muy poderoso. Lo que hacen muchos de los artistas posmodernos latinoamericanos es apoderarnos de la cultura Pop y convertirlo en otra cosa”.
Paes es parte de todo un movimiento Latinoamericano que en su reivindicación, toma de lo salido de las grandes urbes artísticas primermundistas para convertirlo en parte de su mapa. Aún cuando el lenguaje implica un matrimonio, certificado por la historia, con el usurpador.
Quien esté interesado en internarse en esta selva (a su propio riesgo) y ver de cerca lo relatado puede hacerlo en la Sala Oeste del Arsenal de la Marina, la Puntilla, Viejo San Juan. Navigare Necesse, exposición sobre un viaje de un antropófago, inaugurará allí este 6 de marzo, a las 7 pm y se extenderá hasta el 6 de abril. Pero está advertido, es a su propio riesgo.
Claridad del 7 a 13 de marco de 1997.
















































































