Galeria
- Reseña
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El universo íntimo de la pintura de Danisa Glusevic, se origina en sus experiencias anteriores con marinas y océanos, hoy, significantes y formas dispuestas en un mundo diametralmente agorofóbico. La artista trae consigo, ahora al universo de Vesta, diosa romana del hogar (fuego sagrado de la ciudad), el producto recolectado en sus paisajes de mar. En la seguridad del círculo sagrado de la diosa, su pintura se manifiesta como un ritual del vientre: quedan expuestas al espectador el privado y oculto acto de la nutrición. Peces, cangrejos, fragmentos de colas, pinzas y formas ojivales (abstracción de botes aparcados en una caleta), se abren como bocas a la experiencia primigenia del gusto y la deglución, pero también al habla y la comunicación. Las extremidades y tenazas de cangrejo, se confunden con cuchillos y cubiertos. El caótico mundo exterior ha sido dispuesto para el rito de una cena, o acto de compartir en civilidad con cubiertos y vasijas. Danisa sirve/dispone del fruto de la naturaleza sobre el lienzo de la superficie pictórica. Los espectadores son sus comensales. El espacio cerrado de este universo íntimo, -el hogar primordial- se despliega sobre el plano sin pretensiones de profundidad: la vitalidad purpúrea de la paleta, subyace en similitud de color, calidad y temperatura, con lo que hay de entrañable y viseroso de la carne y el músculo. La utilización del plano háptico, despierta la experiencia cinestésica en el espectador; tacto, gusto y olfato están unidos en la construcción simultánea del objeto plástico. Se renuncia a la exclusiva intelectualización de los elementos -dispuestos como grupos y conjuntos- a favor de una vista cercana de los espacios privados de la artista -comunes a todos- pero ocultos al ojo. La percepción simultanea de las formas pictóricas dispuestas sobre el lienzo-mantel, participa de la crisis de la representación de la ventana albertiniana ó de la tridimensionalidad perspectivística. Su pintura goza del im-pulso vital relativo a lo primitivo y a la oscuridad. El grado de hapticidad (tactilidad visual) y cinestesia, revela la experiencia individual de los sentidos que se fragua como experiencia de grupo. El estado de naturaleza de hombres, peces, moluscos y semillas es presentado sobre una tela-mesa, bajo el alero sagrado de Vesta. La tela-servida es el plano pictórico, la región bidimensional y centro creativo que transforma los gestos del cuerpo (animal y humano), en prolongaciones materialmente útiles (utensilios varios, tenazas, cuchillos, receptáculos…). En torno al hogar se suspende la barbarie natural y se hace remembranza de los más primigenios gestos de civilidad. La pintura de Danisa Glusevic es tan absorbente como nutricia, pues supera la mera re-presentación: nos presenta el origen del rito sagrado del compartir, a través de objetos extraídos del devenir y la mutabilidad. Para ella, el vientre y lo digestivo de una mesa dispuesta, es la captura del pulso vital, el señalamiento de una conducta humana adquirida y la fe de un contrato inalterable. Mediante la similitud, descubrimos como construye su lenguaje: son recurrentes los peces-boca o boca-botes o bien pinzas de cangrejo-cuchillo/cubierto. La analogía también es una estrategia proyectada al tema de “La Cena” y de cómo esta puede ser referente de los mitos de la creación, la antropofagia y el poder, el milagro, inclusive la comunión eucarística. El ICTUS (pez en griego), señal de reconocimiento entre los antiguos cristianos, se instaura en su pintura como huella universal de reconocimiento entre los seres humanos, al menos en Occidente. Si a fin de cuentas, nos es posible afirmar que su pintura transita entre la figuración y la abstracción, esto se debe a su quehacer -paradójicamente apostado- en la casa de Vesta, hogar del Hombre y su Historia. Por Liza N. Piña Rubio Lic. En Arte y Estética
















































































