Andrés Baldwin

Andrés Baldwin

pintura / Figuración

Galeria

Reseña

ANDRÉS BALDWIN

En su exposición “En torno al agua” en la Galería Artespacio, el artista nacido en 1955 no solo prueba una vez más que es un excelente pintor realista, sino que emplea su técnica –por lo menos en tres cuadros—para llevarnos a una esfera espiritualmente distinta: al surrealismo.

En muchas de sus “obras recientes”, Baldwin se dedica al paisaje, casi siempre alrededor del tema del agua: esclusas, olas, etc. En él, muestra un temperamento sorprendentemente romántico, tanto en la elección de sus temas, como en la quietud y la atmósfera: predominan los colores suaves naturales y las aguas pacíficas, incluso cuando pinta el mar. Su Ola prácticamente no es tal, sino que un suave llegar a la orilla y en Isla de los Pingüinos (nada que ver con el libro homónimo de Anatole France), apenas se levanta un poco de espuma en una parte del primer plano.

Sin embargo, esto último no quiere decir que no se den a veces acentos de colores fuertes como los números vivamente rojos en sus “esclusas”. Éstos son contrastes de tamaño reducido y pensados para introducir un acento fuerte en la composición, asunto que se repite con los “Señuelos”, una serie de obras de tamaño reducido que contrapone los azules del agua con los colores que se espera sean más atractivos para los peces.

Pero la dimensión distinta se encuentra en tres cuadros titulados “Jaulas”. Dentro de una caja o jaula de madera, cerrada con una reja de alambre blanco, prácticamente trompe l´oeil, están impresionadas unas nubes, solas o con un arco iris o un rayo que desencadena con gran luminosidad. En cada caso, un pequeño recipiente posado en la jaula aumenta la sensación de incongruidad.

Estamos frente a un surrealismo de la cepa de Dalí, caracterizado por detalles totalmente verosímiles en sí mismos, pero que en su yuxtaposición anti-racional constituyen un golpe de sorpresa que nos hace re-mirar el cuadro. De esta forma, la ejecución realista de la obra instintivamente nos hace buscar un “sentido” en ella que no existe más allá de la capacidad de imaginación de la mente humana.

Interesantes en su técnica dos “fotolitos”: el artista fotografió dos de sus pinturas tradicionales, las transfirió sobre planchas impresoras, aparentemente intervino ligeramente aquellas y después imprimió a mano unos muy pocos ejemplares de cada una, entintando la plancha para cada unidad, dotándolos así de “originalidad”.

Pedro Labowitz
Crítico de arte y miembro de la AICA

Claro es, Baldwin no es el primer pintor chileno que aborda este asunto: El primero fue Miguel Campos (1844-1899). Romera apunta con acierto que "es, sin duda; el primer artista chileno que pinta naturalezas muertas, género que entonces se consideraba como inferior", juicio descabellado y ajeno a todo conocimiento del valor, entre otros, de los flamencos. Pero Campos asumió esta responsabilidad y lo hizo, contra la idea de Pedro Lira, logrando lo que otros no pudieron.

Fue un precursor del hiperrealismo en nuestro país, asunto que ahora nos trae hasta Andrés Baldwin, que en Galería Praxis nos ofrece una interesantísima muestra de pasteles y óleos en esta tendencia, hoy de clara y decidida aceptación en todo el mundo.

No estamos, como efecto, ante un pintor revolucionario. Ni de vanguardia. Simplemente observando a un artista que advierte un peso mayor -sicológico y físico-, ante un entorno que es tanto su ahora como el ayer. El fenómeno puede extrañar a quienes siguen o buscan seguir a varios pintores del "chorreado", especuladores de fórmulas que hoy han convertido en academia, término que les disgusta, pero que les calza a mayores y que también calza con una sagaz advertencia del crítico español Juan Antonio Gaya Nuño: "Las cosas inanimadas son las que mejor retienen su calidad y resisten a las miradas de pintores de tiempos bien distantes". Este es el asunto. El mismo Gaya Nuño, crítico que recomendamos leer, apunta que no pueden descuidarse un florero de Velázquez y otro de Manet, con bastante tiempo de distancia, porque de alguna manera pueden intercambiarse "sin trastorno conceptual, formal ni estilístico". Y éste es el fondo del problema. O buscamos hacer pintura o buscamos hacer porquerías.

Yo me siento, al decir esto, en el banquillo de la Inquisición pictórica actual, al menos la que practican algunos colegas. Pero me rebelo con la misma satisfacción que pudo haberla tenido todo hereje-inocente de aquel tiempo o de ahora. Esto es, responder con un sentido de verdad y objetividad concretas, en donde la audacia, la aventura o el error no valen. Pero vale en cambio la definición de visiones acorde a un buen y claro decir pictórico. Es el caso de
Andrés Baldwin.

Si bien se mira, más de alguien podrá argüir: aquí: no hay originalidad. ¡Vaya argumento! Goethe decía: "La originalidad no consiste en decir cosas nuevas, sino en decirlas como si nunca hubiesen sido dichas por otro". Es un mérito de Baldwin, que subraya un pensamiento del crítico Alain, a quien suelo citar: "La originalidad en todo género, no es sino una manera inimitable de ser como todo el mundo. Esto define bien la elegancia". Y elegancia es lo que caracteriza la pintura de Andrés Baldwin tratar un asunto común, cotidiano, no siempre, pero con urgencia de serlo, que se nos comunica con aprensión racional y emocional de nosotros, de modo que nosotros los sintamos como algo propio o que desearíamos fuera propio. Y esta comunicabilidad es trascendente, porque se trata de hechos ciertos. Y de contra, como nos recuerda Gaya Nuño: "Los paisajes más bellos de toda la historia de la pintura son los menos ciertos".

Los de Baldwin, en cambio, paisajes de interiores, con minucias incluso, son ciertos porque son valederos a nuestro buen y real entender.

Nuestro artista exhibe en Galería Praxis pasteles y óleos, dos de los cuales yo habría dejado fuera: "Luz en la ventana", sentimentaloide y vacuo, como "Luz eléctrica", con notoria falla en los efectos claves. Pero su pastel "Mortero", "Caracoles", óleo, o "Interior con naranjas", también óleo, nos dicen de la mirada que afincó en esencialidades y no en circunstancias. En ellos, el trato del artista es cabal. No hay concesiones ni descuidos. La materia está estimada como tal, en su justa aplicación sobre el soporte como para extraerle dimensiones que trascienden lo físico. Esto es, él comunica y les insufla trascendentalidad. La motiva con una expresión singular.
Ahora bien: las huellas. Claro: Miguel Venegas, Claudio Bravo. ¿Y qué? No se vive de genealogías, sino de concreciones. Y Andrés Baldwin ha sabido cosechar y superarse. Ha sabido asumir su presente y su futuro. Parodiando al viejo Quijote, puede decirse: "Deja que los antepasados hablen: señal que cabalgamos". Y Baldwin está cabalgando en nuestra pintura con acentos y arrestos de buen caballero y mejor artista. En su pintura, hay, sin duda, visos y realidades del buen quehacer que sus maestros y su propio esfuerzo lo nominan y definen, ahora, como un gran artista.

José María Palacios
Diario, La Segunda

EL REALISMO RENOVADO DE ANDRES BALWIN

El retorno al realismo declarado es una atracción universal, tanto en Europa como en Estados Unidos, con pintores de mucha solvencia técnica. En nuestro país el arte de Andrés Baldwin, que se exhibe en Galería "Tomás Andreu", ha sido valioso para captar la fulguración que produce la arquitectura moderna; el encanto de la luz difusa y la descripción de lo mensurable que tiene ante los ojos. Es una observación precisa y sensible, que constituye una variable de su figuración estricta, ahora alimentada por la exactitud de las verticales y horizontales bien dispuestas, para tratar los desahogados ambientes, con delicadas gamas y apastelada entonación. Los últimos años se han teñido con las soluciones plásticas de la rebeldía expresiva, además de activar al espectador con las audaces soluciones conceptuales. En el polo opuesto, se ha regresado al realismo más decidido, al hiperrealismo que tiene en el español López García su representante más clarividente. De esta cantera proviene nuestro artista, pero compenetrado de un raro aislamiento de sus lugares, presidiendo el espacio vacío, para que opere solamente la luz rasante. E1 ojo recorre las murallas lisas heridas por breves trizaduras y alcanza una situación intrigante, por la soledad que impregna las telas, de cualquier asunto.

Hace varios años, cuando el expositor recién se inicia en sus presentaciones públicas, le advertimos que la representación del verismo severo corría el riesgo de quedarse entrampada en un academismo gélido. Baldwin no ha abandonado la sumisión del modelo que tiene al frente, pero ahora indaga en los planos amplios y los complementa con un achurado al carbón, que permite la vibración sutil de sus espacios. Las diagonales de sus paredes están bien calibradas, con líneas rectas y segundos planos que permiten la aireación renovadora que le interesa actualmente. Un avance marcado en su labor, como podemos comprobar en esta oportunidad.

El centro luminoso "En la tarde" destaca por los grises argentados que rodean ese golpe estratégico de la tela. La economía de planos, sólo activados por sutiles medios tonos, responde a la visión total de esta exposición, como pueden apreciar los lectores de esta página, que sólo pueden darse una idea aproximada de estos detalles de la luz difusa. La gran pared de "Visitas", con un reflejo inesperado en lugar preeminente de la composición, es otro acierto de la obra de este artista, que se presenta luego de largo paréntesis, después de seleccionar un grupo de cuadros con cierta coherencia temática.

No deseamos cerrar esta crónica sin dejar de señalar los pequeños cuadros dedicados a la paleta del pintor, junto con exaltar "La puerta azul" y "El taller". Los dibujos al carbón, en cambio, están demasiado apegados a las soluciones antiguas, ya superadas por el artista en sus trabajos en color.

Ricardo Bindis
DIARIO,LA TERCERA

Nuestros artistas
Andrés Baldwin y el valor permanente de las cosas inanimadas.

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