Amelia Errázuriz

Amelia Errázuriz

pintura / Figuración

Galeria

Reseña

La pintura de Amelia Errázuriz se abre antes que nada como una indagación acerca de los límites de lo real y de la posibilidad de retratarlo. Sus obras son retratos de una ausencia, o mejor dicho, del momento paradojal en que los objetos dejan de depender de la tiranía de la mirada. Es esa oscilación casi instantánea en que las cosas están a punto de convertirse en recuerdos, exactamente ese segundo infinitesimal en que una silla es esa silla y a la vez deja de serlo para pasar a constituir algo que solamente existe en el tramado de nuestra intimidad. Me ha parecido que en parte el poderoso poder evocativo de esta pintura reside en el hecho de que lo que ilustra ese espacio primordial de lo humano en que el mundo se constituye en su propia aura y por ende nos es permitido el sueño, la paradoja, el espejismo. No se trata entonces sólo de un diálogo entre lo que la cultura ha entendido por abstracción y figurativismo, sino del carácter ambivalente de toda mirada y de todo recuerdo. Los objetos son en sí abstracciones y las texturas invisibles del aire son su vez objetos. La lucidez de esta obra es que nos hace evidente ese doblez, esa suerte de multiplicación de los sentidos de lo que entendemos por lo real y vemos nuestra vida. No los objetos de la vida, sino la vida en el momento de reconocerse a sí misma. Es el sesgo constructvista que muestra gran parte de la pintura de Amelia Errázuriz. Más que superficies y planos de objetos cotidianos, lo que pareciese que se ilustra son las capas de transparencias que constituyen a los objetos. No tanto su consistencia material sino los infinitos ángulos de su inmaterialidad, sus sucesivos golpes de luz, de aire, su arquitectura levantada precisamente desde el recogimiento de un acto interior y secreto. Lo que emerge es una certeza: las cosas tienen la misma textura que tiene nuestra mirada y la misma textura de lo que, a falta de una palabra mejor, llamamos el alma. Vemos porque nuestra mirada abraza a las cosas y estas a su vez se abren a ese abrazo disolviendo toda dicotomía. Las cosas y la mirada se aman porque pertenecen a la misma especie, al mismo reino, y esa profunda homogeneidad, lejana para nuestro pensamiento occidental, pero no para el zen por ejemplo, es lo que sin más constituye el mundo. La ausencia de la figura humana en esta pintura hace elocuente lo humano. Estamos así frente a una obra que es tanto una obra de arte como una iluminación casi en el sentido oriental que se le da al término. Pintar como si el que pinta no estuviese allí mirando para entrar en la soledad del mundo y de la experiencia del mundo. Es esa infinita soledad la que nos hace paradójicamente ser uno y a la vez ser todos. La soledad de las cosas que pinta Amelia Errázuriz es nuestra soledad, pero también la comunidad de todo con todo y en la que los objetos son también su propio más allá. Miramos estas pinturas y somos mirados por ellas. Lo que Amelia Errázuriz nos ha mostrado es el abrazo de todas nuestras miradas. Raúl Zurita Junio, 2007 En las obras de Amelia Errazuriz se cruzan dos temas aparentemente distantes: estos son las escaleras y las sillas. Cada uno de éstos reside en un contexto, es decir muros y baldosas que arman un escenario pictórico donde se proyectaran sombras y luces. Sin embargo, encontramos un común denominador en ambos temas y este es la ausencia. No hay presencia alguna del ser humano en sus telas, ya que más bien en sus obras todo está en potencia para ser activado por la imaginación del espectador. Es él el que tal vez subirá o bajará, o también podrá usar las sillas, o intentará ordenarlas mentalmente. Las escaleras provienen de mundos imaginarios dando cuenta de una pura retención de la memoria que guarda y que fijó los recorridos de la artista por espacios similares. Estas escaleras se organizan en espacios arquitectónicos y por lo tanto nos hablan de la posibilidad de ser habitados. La pintura de Amelia Errazuriz plantea directamente también, la melancolía y la nostalgia como si la artista pintara para poder habitar en sueños sus espacios de pintura. Su obra se articula en gruesos empastes para componer un imaginario tectónico, de rigurosa textura geométrica y de planos de colores que la artista organiza como si presentara en sus cuadros los problemas del color, llevando además consigo propuestas de luz y de sombra. Esto último parece ser muy importante para la artista ya que la luz y la sombra, así proyectadas, parecen ser los únicos habitantes intangibles en sus cuadros. GASPAR GALAZ

comentarios

Comente aquí