Galeria
- Reseña
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“Nadie es profeta en su tierra”.
Para Alfredo Jaar, el dicho popular se cumplió durante los veinticinco años que mediaron entre su partida a Nueva York, en 1981, y su notable exposición JAAR/SCL/ 2006, en Santiago. En honor a la verdad, hubo antes al menos un indicio importante de su creciente reconocimiento, en el encuentro Arte y Política, de 2004, cuando su conferencia acerca de su obra se vio atestada de artistas jóvenes, de estudiantes de arte y de un público en general tan numeroso que obligó a poner pantallas en la calle Compañía, en el centro de Santiago. También los jóvenes, y este amplio público, repletaron las salas de la Galería Gabriela Mistral y de la Fundación Telefónica en 2006. En Chile comenzaba a saberse entonces algo en lo que unos pocos insistían desde hace años: Alfredo Jaar era el artista chileno de mayor reconocimiento internacional de nuestra época, y conocer su obra era estar en contacto genuino y creador con una parte del arte contemporáneo que es a la vez innovadora y profundamente reflexiva. Política, en el mejor sentido de la palabra. Su obra explora temas sociales de alcance mundial; en ella, la belleza y la constante exploración de nuevos medios visuales se encuentran inextricablemente imbricados con el pensamiento y con la crítica. “Al arte que no tiene un afán crítico yo lo llamo decoración”, dice con toda sencillez. Una exposición suya de este año, “La política de las imágenes” (Lausanne, Suiza, 2007), incluyó sus obras más recientes junto a otras de los años 70, desconocidas hasta ahora, y dio origen a un catálogo en que, junto a la curadora Nicole Schweizer, figuras intelectuales de la talla de Georges Didi-Huberman, Griselda Pollock y Jacques Rancière escribieron sobre la obra de Alfredo Jaar en el contexto de sus reflexiones sobre la problemática de las imágenes en un mundo sobresaturado de ellas –y de manipulación informativa. La reflexión que provoca la obra de Jaar tiene siempre un trasfondo ético, que no se traduce en “mensajes” sino en dificultosas tomas de conciencia, en duros y sorprendentes aprendizajes para la mirada. Sus ojos, y los visores de sus cámaras, están siempre conectados con la complejidad de los dilemas que se enfrentan en el mundo de hoy. La ética y la estética, en su obra, son como ambas caras de una misma hoja de papel; una no existe sin la otra. La base de operaciones de Alfredo Jaar se encuentra en su estudio de Nueva York. Desde allí, viaja constantemente: hoy puede estar en Dublín, o en el oriente, o en Canadá. Pero donde sus viajes lo han llevado más constantemente es al corazón del África. El “Proyecto Ruanda” es una serie motivada por el genocidio ocurrido en ese país en los años 90, y es también una reflexión amarga y comprometida acerca de la imposibilidad de la imagen gráfica para dar cuenta de la experiencia del horror absoluto. Los miles de fotografías que tomó en el sitio mismo del genocidio, ante los cadáveres insepultos, no se exhibieron. En cambio, en su “Real Pictures”, obra que es parte de la serie, las ocultó en una instalación funeraria, hecha de túmulos: dentro de cada uno estaba una fotografía seleccionada, cuya presencia se señalaba en un texto descriptivo sumamente parco. Era un modo de evitar la banalización, el olvido instantáneo en que cae el dolor humano transformado en objeto de consumo para espectadores indiferentes y pasivos, y para cadenas periodísticas que lucran con él. Una y otra vez, el artista intentó dar con un formato capaz de dar cuenta real de lo sucedido, de conmover al espectador pasivo, de producir una especie de reacción (que si, a nivel internacional, hubiera sido oportuna, podría haber evitado que los muertos llegaran al millón de personas). Una y otra vez (las obras de la serie son veintiuna) sintió que había fallado. La serie documenta su búsqueda de lo imposible: dar, en las artes visuales y a la mirada, la medida de un desastre humano y político que sigue siendo inconmensurable. Su sentido trágico está presente en cada obra, y también en el conjunto; existe una tragicidad que tiene que ver con la precariedad del gesto mismo del arte, y de su lugar en una sociedad como la nuestra. “El lamento de las imágenes”, obra creada para la Documenta de 2002, insiste de otra manera en la temática de la imagen, de su apropiación por parte de los poderes fácticos (militares y políticos), y de su espectacularización y consiguiente banalización. Como en “Real Pictures”, la instalación no contiene imágenes, y sí breves textos, duros y parcos, que anteceden un shock físico de deslumbramiento, alusivo al brillo mediático y a la conciencia angustiosa de los propios límites. El reencuentro con África se producirá sólo al agotarse un ciclo de reflexión desesperada sobre la imagen: “Muxima” (2005), una película basada en la música angoleña y en la imagen en movimiento, señala un nuevo acercamiento a la imagen, basado en un medio nuevo para el artista, como es el cine. Mucho más podría escribirse acerca de la obra de este artista. Es tal vez el primero de origen chileno que se ha “mundializado” y se ha abierto a posibilidades hasta ahora insólitas entre nosotros. El director del MOMA (Museum of Modern Art de Nueva York), Glenn Lowry, en su reciente visita a Chile, habló de “la habilidad de Alfredo para abordar problemas sociales muy difíciles y encontrar un tipo de lenguaje visual constantemente cambiante para convertir a estos problemas en parte de nuestro vocabulario”. Es lo que caracteriza la obra de Jaar. Por una parte, preguntarse por el arte (y exigir al arte), siempre en relación con problemas sociales de alcance mundial; por otra, innovar constantemente los medios con que pueden contar las artes visuales, a fin de responder a los desafíos que generan estos problemas. No es sólo el dolor del África y la tragicidad de la imagen en nuestros tiempos lo que ocupa al artista. Temas mundiales como el de la migración; fascinaciones como las del reflejo y del deslumbramiento, y múltiples otras facetas de lo humano visualizable, son su campo de acción natural. En Lausanne se vieron obras nuevas notables, como “The Sound of Silence”, que analiza la ética desgarrada del periodismo gráfico. Tenemos todavía mucho que esperar de Alfredo Jaar. Adriana Valdés, crítica de arte.
















































































