Adrián Fortunato

Adrián Fortunato

Instalaciones /

Galeria

Reseña

En el año 1968 fue descubierta al sur de Italia “La tumba del zambullidor”. La misma data del año 480 a.C. En la decoración de la tapa se ve un joven saltando desde un trampolín al agua. Esta representación posee dos interpretaciones: la más simple dice que la imagen representa un episodio de la vida del nadador difunto; la segunda afirma que es una escena de purificación. El personaje salta desde un trampolín hacia el más allá; la zambullida es una metáfora del viaje hacia lo desconocido y el agua hace referencia a la purificación del nadador, que parte con certeza a encontrarse con los dioses.

Esta representación une aspectos religiosos y místicos relacionados con la eterna reencarnación del alma de la filosofía Pitagórica. Es a partir de esta consideración que debemos acercarnos a las instalaciones NO YO de Adrián Fortunato. Sus obras hablan de personajes que saltan, se desmaterializan, ya no pertenecen a este mundo.

Con su video instalación NO YO - SI SOSTENIDO vemos un personaje que cae, impacta y se desmaterializa; desaparece acompañado por la reiteración de un sonido. Con NARCISO, Fortunato propone un escenario que nos hace personificar la vivencia de aquel espejismo de la imagen en el agua que llevó al bello joven a arrojarse, intentando alcanzarse a sí mismo y así provocar su propia muerte, o bien emprender su viaje al más allá. AVATARES es una instalación que despliega 56 siluetas de un zambullidor realizadas en varillas metálicas de 4mm, que describen en el espacio la secuencia de su salto.

Éstas tres propuestas son una interesante reelaboración que Adrián Fortunato crea a partir de la mencionada Tumba y estos “seres - no seres” que lo obsesionan; como dijo Clorindo Testa ante la producción del artista: “Fortunato y el zambullidor son una misma persona”.

Arq. María Constanza Cerullo
Diciembre de 2007

"Fortunato y el zambullidor son una misma persona"
Clorindo

AVATAR

En el vocabulario informático, un avatar es una representación que nos permite habitar un mundo virtual. A diferencia de quien lo gobierna, el avatar es un ser incorpóreo, una pura superficie de datos que se desplaza por espacios de sospechada realidad. El usuario a quien representa vive otra realidad, fuera de la pantalla. La suya es física, orgánica, corpórea y sensorial.

En su instalación, Adrián Fortunato trasciende esa barrera entre realidad y representación. El espectador transita por un universo de formas y estímulos que reclaman, al mismo tiempo, sus sentidos y su razón, su imaginación y su capacidad analítica.

El juego de sombras impone una primera aproximación sensorial, un contacto íntimo con las más ínfimas variaciones de luz y oscuridad. Su trayectoria hace palpable el vacío sobre el que se proyecta, induciendo un silencio que no es sólo sonoro sino también espacial.

En este contexto, un grupo de figuras reiteradas atraviesa la sala. La repetición genera un ritmo que contrasta con la absoluta estaticidad de cada módulo. Una delgada línea metálica conforma las figuras, haciéndolas oscilar entre la realidad física del material y la virtualidad perceptiva de las formas. Son el producto de una síntesis formal extrema, un juego y un desafío para la contemplación.

En conjunto, la pieza nos invita a meditar sobre la sutil interpenetración del mundo de las cosas con el de las imágenes, el mundo físico y el espiritual.

Rodrigo Alonso

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